Jesús León f.s.c Tercero de Licenciatura en Educación Secundaria con especialidad en Biología adfontesaquarum@hotmail.com
 

AD FONTES AQUARUM III

El joven Juan Bautista De la Salle, recién obtuvo el grado de Maestro en Artes, que le abría las puertas de ingreso a la Universidad, se encontró con la necesidad de elegir dónde realizar los estudios de Teología, necesarios para acceder al sacerdocio. Junto a sus padres, decidió continuar su preparación en la capital del reino, en París, donde ingresó a la facultad de Teología de la Universidad de La Sorbona, y para complementar su formación, ingresó en el Seminario de San Sulpicio, fundado por Berulle, eminente lumbrera de la espiritualidad francesa.

El excelente trabajo de los investigadores ha traído a la luz y a nuestro conocimiento el programa de formación que se seguía en San Sulpicio. Es entonces que tenemos noticia del primer contacto “oficial y documentado” de Juan Bautista con los niños pobres en las escuelas de caridad y la catequesis sostenidas por la parroquia adjunta al Seminario.

Nuestro joven canónigo pasó en San Sulpicio poco más de un año, y tras la muerte de sus padres, la vuelta a Reims, la administración del patrimonio familiar, la culminación de sus estudios y la ordenación sacerdotal, la impresión que los niños pobres de San Sulpicio dejaron seguía vigente en él, perduró así el resto de su vida y, evidentemente, dejó su impronta en toda la obra realizada por él.

Pasados los años y la reflexión, los Hermanos ubican el origen su Instituto, de las Escuelas Cristianas y de sí mismos en la impresión que Dios dejó en su Padre y Fundador cuando le tocó el corazón a través de los niños y jóvenes pobres, y lo expresan al principio de su Regla bajo las siguientes palabras: “San Juan Bautista de La Salle, atento por inspiración de Dios al desamparo humano y espiritual de «los hijos de los artesanos y de los pobres» se consagró a la formación de maestros de escuela enteramente dedicados a la instrucción y educación cristiana. Reunió a esos maestros en comunidad, y fundó luego con ellos el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.”1


Hace algunos años, un Hermano me dijo lo siguiente: “Pienso que la mayor herencia del Santo Fundador no es una tradición o un modelo educativo establecidos, sino una comunidad viva e inspirada por su obra y su espíritu que permanece atenta a las necesidades y las pobrezas de los niños y jóvenes de su tiempo…”. Es oportuno, al final de esta columna, preguntarnos, en nuestra labor educativa: ¿Permanecemos atentos a las necesidades y pobrezas de los niños y jóvenes que atendemos? ¿Y de los que no atendemos directamente quién se encarga?, ¿En nuestras planeaciones y programaciones manifestamos la atención que debemos a las necesidades y pobrezas de nuestros alumnos?, ¿Propiciamos o participamos en una reflexión común con nuestros compañeros de trabajo acerca de lo que necesitan nuestros alumnos?.

R 1. Hermanos de las Escuelas Cristianas.

Recibido: 07 de Abril de 2008
Aceptado: 21 de Abril de 2008

 

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