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| Dr. Luciano Barp Fontana, Investigador Universidad La Salle, lbf@ulsa.mx | ||
| “Justicia social es la virtud que inclina la voluntad del hombre a crear el conjunto de condiciones de vida que permiten a los grupos humanos y cada uno de sus miembros alcanzar su propia realización”. | ||
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Presentamos cuatro principios antropológicos de las cuales se puede derivar un plan general para la construcción de un orden social justo. Estos son: (I) principio de la dignidad de la persona humana; (II) principio del bien común; (III) principio de solidaridad y (IV) principio de subsidiaridad. 1. Principio de la dignidad de la persona humana. Para fundamentar una genuina definición de justicia social proponemos la postura antropológica denominada el Hombre imagen de Dios, donde se afirma que los humanos participamos del ser divino los poderes de la inteligencia y del querer reflexivo. Esto significa que todos los humanos somos vestigios e imágenes de Dios. Por cierto, somos vestigios1 de Dios, ya que contenemos la huella del existir de Él, quien es “el mismo existir subsistente”. Ser criatura es pues el primer rasgo de nuestra constitución humana, mediante el cual afirmamos nuestro origen común. En efecto, todos existimos por Él y en su mente se encuentra el modelo original de ser humano, al cual vamos ajustándonos progresivamente para alcanzar nuestra realización integral. Además de ser vestigios de Dios, nosotros los humanos somos también sus imágenes2, por ser dotados de una vida intelectiva y de una vida de autodeterminación, que son participaciones del conocer y del querer divino. Por su inteligencia el hombre puede conocerse a sí mismo, al mundo y a lo trascendente y, además, puede planear su vida personal y realizarla. En lo íntimo de su conciencia (que es el juicio moral para la acción) el ser humano percibe las vibraciones de una ley natural que lo impulsa a hacer el bien y a evitar el mal3. El hombre es un ser libre. En efecto, por su inteligencia el hombre es capaz de conocer las diversas opciones que se le presentan4. Por medio de la voluntad (la cual es buena cuando está bien iluminada por la inteligencia) el hombre es capaz de un proceso de deliberación. Por la libertad fundada en la verdadera y buena voluntad, el hombre se entrega a la opción elegida entre muchas. De esta manera, somos criaturas creadoras de nuestra propia historia personal. El conocimiento intelectual es la más elevada de las perfecciones creadas y se encuentra solamente en los humanos quienes, por ello, son más próximos a Dios. La semejanza entre Dios y el hombre es el fundamento de la igualdad de todos los humanos entre sí. 2. Principio del bien común. Para llegar a una genuina definición de justicia social es necesario reconocer que la ausencia de sensibilidad para el bien común es un signo claro de una sociedad marcada por el individualismo y por el egoísmo que destruyen la armonía y la paz. Sin embargo, no hay que confundir el bien común con la suma de los intereses particulares de los miembros de un grupo social. Tampoco hay que confundirlo con el bien público, con el bien del gobierno o con el bien de la autoridad del Estado. En efecto, el bien común puede ser definido solamente con referencia al valor de la persona humana, que es social por naturaleza. Consecuentemente, por bien común entendemos el conjunto de condiciones de vida social que permiten a los grupos humanos y cada uno de sus miembros alcanzar plenamente su propia realización. El bien común así concebida comporta dos elementos esenciales: En primer lugar, el bien común supone el respeto a la persona en cuanto tal, así que, en nombre del bien común, las autoridades (incluyendo la autoridad familiar)5 tienen el deber general de promover los derechos humanos fundamentales, para que cada uno de los miembros de la comunidad se realice integralmente. Además, el deber específico de la autoridad consiste en promover las condiciones sociales para que cada individuo pueda procurarse aquellos bienes necesarios para llevar una vida verdaderamente humana: alimento, vestido, vivienda, salud, trabajo y educación, entre los múltiples bienes primarios. En segundo lugar, el bien común genera la paz que consiste en la estabilidad de un orden justo. Esto supone que, a través de medios honestos, la autoridad (incluyendo la autoridad familiar) garantice la seguridad para el grupo y para sus miembros. Ahora bien, consta que en nuestros días la interdependencia humana se intensifica y se extiende a toda la Tierra. Luego la familia humana universal, integrada por personas que poseen una misma dignidad, reclama la organización de una comunidad de naciones capaz de responder realmente a las diferentes necesidades de todos los hombres en las variadas situaciones de la vida social. 3. Principio de solidaridad Para llegar a una genuina definición de justicia social no es suficiente sentir lástima del prójimo en dificultad. Es urgente sentir las necesidades ajenas como parte de nuestro propio ser y de buscar los medios oportunos para satisfacerlas. Luego es necesaria la acción coordinada y eficaz de todos para el bien de todos. La virtud que nos inclina a ver al otro (persona, pueblo o nación) como uno de nosotros se llama solidaridad6, que consiste en la determinación firme y perseverante de empeñarnos por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno de los miembros de la comunidad familiar y política. En efecto, el fundamento de la solidaridad es la dignidad de la persona humana, que es esencialmente comunitaria. La solidaridad es un principio regulador que inclina a cada persona a comprometerse para el bien común y a sentirse responsable del destino del grupo social. Consecuentemente, las naciones más fuertes deben llegar a sentirse moralmente responsables del bien de las naciones más débiles, para promover un sistema internacional basado en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. De esta manera, la solidaridad es el camino hacia la paz y hacia el desarrollo global. En efecto, la paz del mundo es inconcebible si no logramos reconocer que es necesaria la superación de las políticas de los bloques y que es urgente la renuncia a toda forma de imperialismo económico, militar o político. Se trata de transformar la desconfianza en una fértil colaboración. 4. Principio de subsidiaridad. Para llegar a una genuina definición de justicia social es necesario cultivar la virtud de la subsidiaridad7 que complementa la virtud de la solidaridad. La subsidiaridad protege a los individuos y a los grupos particulares del peligro de perder su legítima autonomía. En efecto, una intervención exagerada de los grupos superiores puede amenazar la libertad y la iniciativa de los individuos de los grupos inferiores8. Consecuentemente, todo poder superior, incluso el poder del Estado, debe intervenir solamente para ayudar y para apoyar los proyectos de los ciudadanos9. Por el principio de subsidiaridad, una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, ya que lo privaría de sus competencias. En caso de necesidad, debe sostenerlo y ayudarlo a coordinarse con los demás grupos sociales particulares, con miras al bien común. En efecto, la virtud de la subsidiariedad es un principio regulador que reconoce como injusta aquella estructura social que reprime la creatividad responsable de los individuos que integran las comunidades particulares inferiores. Aplicando el principio de subsidiaridad, la sociedad puede superar toda forma de paternalismo, de autoritarismo, de centralismo, de colectivismo, de populismo y de toda injerencia de cualquier poder superior que pretenda limitar o eliminar la creatividad y la responsabilidad de los grupos sociales menores. 5. Hacia una definición de justicia social. Llegaremos a una definición de justicia social si no descuidamos sus partes integrales que son: (I) el respeto de la persona humana; (II) la mentalidad unificadora; (III) la igualdad y las diferencias entre los hombres. 1. El respeto de la persona humana. Cada uno de nosotros, sin ninguna excepción, debe aprender a considerar al otro como a ‘otro yo’. Además, el deber de hacerse otro se hace más urgente cuando este prójimo está más necesitado. 2. La mentalidad unificadora. Este espíritu de unión nos inclina a la construcción de un orden social más justo, en el cual las tensiones pueden ser oportunamente resueltas y los conflictos pueden encontrar una solución negociada. 3. La igualdad y las diferencias entre los hombres nos impulsan a superar toda forma de discriminación. Por cierto, todos los seres humanos valemos lo mismo, ya que somos personas. Sin embargo, consta que, al venir al mundo, el hombre no dispone de aquello que es necesario para su vida corporal y espiritual. Necesitamos de los demás. Asimismo, entre los humanos hay diferencias de edad, de capacidades físicas, de valores intelectuales y morales, de condiciones sociales y económicas. Estas diferencias pertenecen al plan de la ley natural y nos impulsan a la virtud de la solidaridad que nos inclina a tratar a cualquier otro como a uno de nosotros. Por cierto, existen desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Luego, por la igual dignidad de las personas, es urgente promover en toda sociedad una calidad de vida más humana y más justa. 6. Epílogo. De las reflexiones acerca de los cuatro principios antropológicos que integran este artículo se deriva la siguiente definición de justicia social. Justicia social es la virtud que inclina la voluntad del hombre a crear el conjunto de condiciones de vida que permiten a los grupos humanos y cada uno de sus miembros alcanzar su propia realización. Concedemos que es
importante aprender a definir la virtud de la justicia, sin embargo,
hay que aprender a definirnos como personas justamente dotadas de un
genuino espíritu de unión. En efecto, para la construcción
de un renovado orden social, no son suficientes las ideologías
y las tecnologías; es necesario alimentar la fe en la dignidad
del hombre y en su capacidad de recuperación. Para ello es necesario
cultivar las virtudes de la solidaridad y de la subsidiaridad, cuya
práctica puede llevarnos a adquirir personal y socialmente
una mentalidad unificadora. 1 Vestigio significa
la huella, es decir el indicio por donde se infiere la explicación
de algo. Nosotros contenemos la huella del existir de Dios. Somos por
Él. Recibido: 03
de Marzo de 2008 |
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