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| Hno. Álvaro Rodríguez Echeverria, Superior de Escuelas Lasallistas | ||
Conferencia transmitida desde Roma para la XXIV Asamblea General de la Asociación Mexicana de Instituciones de Educación Superior de Inspiración Cristiana, A.C. (AMIESIC).Sede: Univ. La Salle Cancún,Febrero 2008. |
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Con el compromiso de AMIESIC a la urgente encomienda de luchar por formar seres humanos capaces de transformar su entorno, los trabajos anuales son un importante encuentro entre los representantes de las escuelas de Nivel Superior, quienes preocupados por su quehacer directivo, buscan esas nuevas vertientes en el trabajo de la formación de los futuros profesionistas. NUESTRAS UNIVERSIDADES EN LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO En primer lugar me gustaría situar nuestras Universidades en la llamada Sociedad del conocimiento en donde están llamadas a desempeñar su importante y vital misión. Esto significa, en primer lugar, situar nuestras Universidades en un contexto de globalización. Vivimos hoy una era de globalización. Sabemos que se trata de una afirmación ambigua porque si bien es cierto que se ha dado una globalización en el ámbito de la transformación económica, las relaciones sociales, los modelos de vida y cultura, la transformación del estado y la política; no es tan evidente que estemos viviendo también una globalización de la solidaridad, de los derechos humanos, y del mismo conocimiento. Inspirados todos por los valores cristianos, es claro que en el centro de estos fenómenos debemos ubicar a la persona humana, sujeto activo y pasivo, que no puede ser sacrificada por ningún proceso globalizador. La globalización no es solamente un fenómeno de integración de mercados, sino que debe favorecer un conocimiento que no tenga restricciones y que no se convierta en un “pensamiento que no tenga restricciones ni fronteras y que no se convierta en un “pensamiento único” que sacrifica los valores locales y las diferencias. Por otro lado es un hecho que nuestras sociedades se están convirtiendo cada vez más y rápido en sociedades multiétnicas, multiculturales y plurireligiosas. No podemos pasar por alto el fenómeno de la emigración que están cambiando el rostro cultural de nuestras sociedades y presentando una problemática a la que no podemos ser indiferentes ya que afecta de una manera u otra a todos los actores del proyecto universitario. Esto supone que eduquemos para tener la capacidad de ir más allá de nuestra propia cultura y saber situarnos ante el otro como diferente. El desafío al que nos enfrentamos es cuánto vamos a saber, y cómo vamos a aplicar ese conocimiento en un mundo que cada vez más se dividirá entre los que saben y los que no saben. Entre los que tienen posibilidad de educación y los que no la tienen, entre los que tienen acceso a la informática y los que no la tienen. Es evidente que nuestras Universidades tienen una extraordinaria importancia en este contexto. Vivimos en un mundo en donde la sabiduría ha sido reemplazada por la excelencia, y la mayor pobreza se está dando entre los que saben y entre los que no saben. La pérdida de los valores locales, el avance del pensamiento único, están dando paso a una verdadera crisis cultural. Ciertamente no podemos negar la riqueza que conlleva la realidad pluricultural del mundo de hoy, ofreciéndonos diversos modelos para dar sentido y para vivir bien. Pero sin duda, debemos reconocer también, el relativismo moral que lo acompaña y la creciente secularización. Niños y jóvenes, impactados por una cultura cada vez más internacional, viven el conflicto de valores y contravalores con que se les bombardea continuamente por los medios de comunicación. Con el desmembramiento de la familia tradicional, el papel de la cultura – ambiente es omnipotente. Difícilmente encuentran los jóvenes comunidades en donde puedan vivir un proceso armónico de interiorización y apropiación de valores, en un camino de experiencias significativas y suficientemente poderosas para convertirse en fuentes de memoria en las que puedan dar sentido y finalidad a sus vidas. En el simposio Educación un camino hacia el amor, organizado por la Delegación de la Santa Sede ante la UNESCO y por la Universidad Frodham de New York, celebrado en París el 9 de noviembre del 2006 en el que tuve el gusto de participar, el antiguo Presidente de las Naciones Unidas, Boutros Boutros-Ghali, nos presentó tres amenazas de la globalización en relación con la educación. La primera es el peligro que los Estados-Nación se disuelvan en un poder transnacional, siendo los Estados los que pueden garantizar un mínimo de igualdad frente a la educación. La segunda, ver surgir comunidades agresivamente replegadas en ellas mismas en nombre de la diversidad. Y la tercera, y no la menor, ver destruirse los lazos de la solidaridad. Y al respecto decía: Ver individuos, países, regiones enteras del planeta hundirse cada vez más en la miseria. Ver aumentar el abismo entre los info-ricos y los info-pobres, entre los que están conectados y los que no lo están, entre los que disponen de la información y el conocimiento y los que no disponen de ellos. Y añadía estas cifras reveladoras: los países menos avanzados, que representan el 75% de la población mundial, no disponen hoy, que del 10% de los ingenieros y científicos y de un 5% de ordenadores. (Educación y Globalización, UNESCO, 9 de noviembre de 2006). Cuando se hace una lectura rápida de lo que afirman las Universidades de inspiración cristiana en general, me sorprende, algunas veces, una tendencia a enfatizar la excelencia y la calidad educativa que se ofrece a los estudiantes. El conseguir la acreditación parece uno de los objetivos más importantes. Y a veces podemos contentarnos con formar profesionales con una educación de calidad. Para el francés Michel Freyssenet, en un artículo escrito en el 2004, la idea de considerar la Universidad como un polo de excelencia, es ridícula, escandalosa y excluyente. Y San Alberto Hurtado, jesuita y universitario chileno, afirmaba ya en 1943: La primera misión de la Universidad es inquietar al mundo, y la primera virtud del universitario es sentir esa inquietud, ese inconformismo frente al mundo prisionero. Para ambos lo que se necesita no son tanto polos de excelencia, sino polos de cuestionamiento, capaces de poner en marcha la inteligencia, la imaginación y el trabajo de los investigadores para ser constructores de un mundo más humano e inspirado en el Evangelio. A veces se nos escapa un cierto tono elitista porque estamos orgullosos y satisfechos de lo que hacemos. Pero, ¿podemos contentarnos con el criterio de excelencia?, ¿es esta excelencia realmente lo que nos caracteriza? Y ahondando en las preguntas podríamos interrogarnos yendo a las raíces: ¿para qué tenemos universidades?, ¿para qué crear nuevas? La “Carta Magna de las Universidades Europeas”, suscrita en Bolonia en 1988, expresa en estos términos el desafío de una Universidad: una comunidad académica que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad humana y de la herencia cultural mediante la investigación, la enseñanza y los diversos servicios ofrecidos a las comunidades locales, nacionales e internacionales. Debemos por consiguiente considerar el conocimiento bajo tres dimensiones: la enseñanza, la investigación y el compromiso transformador. A nivel de enseñanza cada disciplina, naturalmente, tiene un lenguaje y principios que le son propios en su relación con el mundo y la sociedad. Iniciamos a nuestros alumnos a entrar en diálogo profesional y crítico con el mundo desde una cierta perspectiva. Pero las especializaciones no son suficientes. La Universidad, debe procurar un sustrato universal que permita encontrar un sentido a lo que somos y hacemos, para que la conversación de las distintas disciplinas contribuya a la formación de un profesional crítico y atento a la cambiante realidad, y no solamente a la acumulación de conocimientos. En palabras del filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson, ¡cuidado cuando Dios suelta en el mundo una persona creativa! Todos los cánones de la literatura, de la ciencia, inclusive de las creencias religiosas pueden ser cuestionados. ¿Nos contentamos con enseñar a aceptar pasivamente un cúmulo de verdades, o inquietamos las conciencias que profesionalmente transformarán el mundo y la sociedad? La investigación es también una dimensión importante para nuestras Universidades. Una investigación que trata de responder a las necesidades del mundo y de la sociedad buscando nuevos caminos, nuevas interpretaciones, y soluciones de futuro. Imbuidos de los valores evangélicos, docentes y estudiantes, así como los investigadores no viven la fe en un ámbito privado. Crecen hacia una fe adulta, comprometida, que busca conocer los pueblos, las mentalidades y las estructuras económicas, sociales y políticas del país y del mundo. Iluminados por el Evangelio, buscamos soluciones auténticas para los problemas estructurales, colaborando donde se puede con otros grupos e instituciones que persiguen los mismos objetivos. Se trata en palabras de San Pablo, de una fe activa en la práctica del amor y no de un mero servicio asistencial. Debemos formar profesionales, pues, que no se conviertan en opresores del pueblo, sino en servidores de sus hermanos/as. FIN Y ESPÍRITU DE LA MISIÓN LASALLISTA UNIVERSITARIA El capítulo primero de la Regla de los Hermanos se titula: Fin y espíritu del Instituto. Pienso que es el capítulo más importante porque nos presenta cuál es nuestra finalidad y cuál es el espíritu que debe animarnos, en otras palabras, definen nuestra identidad. Creo que podemos hacer una aplicación de lo anterior a la Misión Lasallista Universitaria. La razón de ser, y la finalidad de una Universidad no aparecen necesariamente en sus edificios ni en sus campus. Su finalidad es contribuir al desarrollo y a la tutela de la dignidad humana, ayudar a encontrar un sentido para la vida, conservar y enriquecer la herencia cultural, dar pistas para la búsqueda de la verdad, permitir que todos tengan vida y vida en abundancia. Por eso el espíritu de una Universidad Lasallista se mide por una fe adulta, una esperanza incondicional y una caridad ardiente; es decir una fuerza que mueve a todos los componentes de la comunidad educativa, abiertos al mundo, desde su centro de identidad carismática. No tiene miedo de proclamar su identidad cristiana y católica. El carisma vivido en asociación para la misión es un verdadero ministerio eclesial. Pero no es excluyente. Precisamente porque creyente y católico, nos sentimos impulsados a abrirnos a otros, cristianos de otras iglesias, creyentes de otras religiones, humanistas no creyentes y a toda persona humana, haciendo de nuestros centros superiores, escuelas de comunión. Todos deben encontrar cabida bajo nuestro techo y todos deben sentirse bien. No queremos ser una universidad cualquiera, destacada por su elitismo. Estamos llamados a responder, directa o indirectamente, a las urgencias de las familias afectadas por las nuevas pobrezas, a los inmigrantes y los que sufren hambre, precisamente a través del desarrollo de carreras sostenibles para futuros profesionales que serán a su vez los servidores y profetas atentos a las necesidades de los más abandonados. Sin duda es importante, y crucial para el futuro, que sigamos buscando una educación de calidad. La excelencia en lo que hacemos, aunque no es el único ni el principal objetivo que nos proponemos, es importante. No porque queramos ser elitistas. Ni solamente por competitividad ante otras Universidades. Ni como publicidad para atraer alumnos. Excelencia y calidad, porque queremos que la Universidad funcione bien como lo expresaba Juan Bautista de La Salle al hablar de sus escuelas. Porque respetamos la consistencia de las realidades terrestres. Porque tomamos en serio las disciplinas académicas. Porque no queremos formar cualquier profesional, sino los mejores, los más preparados académicamente, los más motivados a servir a la sociedad y a contribuir al bien común. Esto implica que deberíamos de ser reconocidos por saber compaginar la excelencia académica con la realidad social y política en que vivamos, lo que permitirá a nuestros alumnos entender mejor los problemas estructurales y buscarles solución. Todas las asignaturas, o al menos un conjunto significativo del currículo, debería caracterizarse por esa conexión, incluyendo un componente de servicio directo a los pobres, de manera que los alumnos puedan no sólo captar los conceptos claves de esas asignaturas, sino que comprendan sus implicaciones en la vida concreta de las personas a nivel nacional, e internacional. Permítanme evocar algunos proyectos que me han impresionado fuertemente en estos últimos años. Cómo no reconocer con admiración, por ejemplo, el trabajo realizado por La Fundación de Ciencias Naturales La Salle Venezuela con sus diversos campos en distintas partes del país, sobre todo en zonas marginalizadas. Han sabido desarrollar una filosofía educativa que les permite respetar y cuidar el medio ambiente, buscando al mismo tiempo un desarrollo económico sostenible. Han formado a jóvenes para carreras profesionales adaptadas a sus regiones, cuidando, más que explotando, el mar, la ganadería, las minas, los ríos, las selvas… formando investigadores, que aplican su indagación al desarrollo de zonas empobrecidas del país. Quiero resaltar también la labor realizada por Institutos Superiores para la formación de maestros en Perú y en Centroamérica. Buscando formar docentes, trabajando en la dignificación del magisterio y acercándose con ellos a las poblaciones aborígenes e indígenas, a las que ayudan con proyectos de desarrollo integral. Cómo no evocar también la creación de la Universidad La Salle de Ciudad Nezahualcóyotl dependiente de la ULSA de México, en una zona deprimida del inmenso Distrito Federal y nacida expresamente para los pobres. La ayuda y el apoyo que algunas Universidades de los Estados Unidos aportan a las Escuelas San Miguel es notable, particularmente en la formación pedagógica. En mi último viaje pastoral a ese país pude ser testigo del desarrollo de numerosos programas de aprendizaje para el servicio, en conexión con disciplinas universitarias, que van más allá de un mero asistencialismo. Pero sobre todo, he podido conocer con admiración la creación del programa bilingüe “BUSCA” en la Universidad La Salle de Filadelfía, para acoger a inmigrantes latinos que logran después insertarse en el sistema universitario. No es mi intención hacer una lista completa de estas respuestas creativas. He querido resaltar solamente algunas, para afirmar lo que todos sabemos, que las Universidades y las Instituciones Superiores no se han quedado atrás en la lectura de las urgencias y en las respuestas innovadoras. Pero, sin duda podemos y debemos hacer más y los desafíos que hoy se nos presentan son enormes. CONCLUSIÓN San Juan de la Cruz inspirándose en Mateo 25 decía que en el ocaso de la vida, seremos juzgados por el amor. Por el amor que hayamos brindado a los demás. No basta por consiguiente una excelencia académica ni conocimientos teóricos, debemos buscar sobre todo una excelencia solidaria en el servicio, una excelencia evangélica. Es sobre ésta que seremos juzgados y es sobre esta que ya desde ahora debemos juzgar la misión de nuestras Universidades. Nuestros centros superiores no pueden reducirse a una oferta más para el mercado. Tuve hambre y me disteis de comer, tuve ser y me disteis de beber… estaba desnudo… en la cárcel… (Mateo 25). No se trata de un amor abstracto o platónico sino de un amor concreto que se hace historia. Nuestras Universidades tienen una especial responsabilidad de educar a los pobres o de educar a favor de los pobres. Pobres en un sentido amplio, naturalmente, y en primer lugar a nivel material, pero también los marginados, los minusválidos, los emigrantes, los refugiados, los jóvenes que no encuentran empleo o no ven sentido en sus vidas. Ellos son la clave hermenéutica que debe inspirar nuestros proyectos educativos y nuestros procesos transformadores. No nos podemos reducir a lo simplemente tecnológico ni a las leyes del mercado. Lo nuestro es mantener viva la dimensión antropológica en un mundo cada vez más virtual. Lo nuestro es ser custodios del misterio
que cada persona humana encierra. Sólo así podremos asegurar
lo que Gaudium et Spes expresaba con tanta lucidez y fuerza: Se
puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está
en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para
vivir y razones para esperar (GS 31). Recibido: 18 de Marzo 2008 Aceptado: 03 de Abril de 2008 |
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