Mtro. Alejandro López Ibarra, Director de Comunicación, Universidad La Salle Cancún
 

Resumen

El presente ensayo trata de establecer cuáles son las premisas históricas y pedagógicas en las que se basa el Modelo Educativo Basado en Competencias. En primer término, se hace una reflexión sobre la situación de la escuela en la Era del Conocimiento y cómo una enseñanza que gire en torno a la promoción de competencias es la que puede dar respuestas a las exigencias del mundo actual. Sin embargo, se hace una distinción entre lo que es una perspectiva estrecha o una perspectiva amplia en la aplicación de este modelo educativo y cómo esta última se presenta como una respuesta plausible para formar a los ciudadanos que requiere esta época tan convulsionada.

La Nueva Educación en la Era del Conocimiento.

Sin lugar a dudas, el mundo se ha transformado a un ritmo desenfrenado en los últimos años. Ya desde el advenimiento de la Revolución Industrial se perfilaban una serie de cambios que impactarían profundamente en el tejido social. Pero lo que hemos experimentado en la llamada Era del Conocimiento es algo para lo que, en muchos sentidos, no estábamos preparados.
Un editorial del Periódico “El Comercio” de Miami (2006, p.1) señalaba sobre la Era del Conocimiento:

Estamos viviendo una transformación radical. Por primera vez, el factor de producción mas importante está en manos de los trabajadores y éste es el conocimiento… Las reglas de juego han cambiado. Hemos pasado de la Era Industrial a la Era del Conocimiento. En la sociedad del conocimiento, el trabajador del conocimiento gana acceso al trabajo y posición social a través de la educación. Por lo tanto, la adquisición y distribución de conocimiento formal, tiene la misma importancia que la que ha tenido la adquisición y distribución de la propiedad e ingresos en los últimos siglos.

Por lo tanto, en el pasado el ser dueño de propiedades y tener un gran capital eran elementos fundamentales para descollar en el terreno profesional. En cambio, en la actualidad, si bien es cierto el tema económico sigue siendo importante, nos encontramos con que el conocimiento es considerado, en sí mismo, un producto valioso y objeto de transacciones comerciales. En este contexto no es de extrañarnos que muchos de los profesionistas más destacados de nuestra época se dediquen a la consultoría. En otras palabras, su conocimiento es el bien que intercambian con otros.

Por ello, al hablar de la Era del Conocimiento, autores como Cardona (2002, p. 2) nos indican que “la educación debe replantear sus objetivos, sus metas, sus pedagogías y sus didácticas si quiere cumplir con su misión en el siglo XXI”. Sin embargo, en el entorno nacional e internacional, podemos ver cómo muchas escuelas o universidades no han sabido enfrentarse a las nuevas demandas sociales de nuestra época. Ante esta, llamada por algunos, crisis educativa, no comparto la visión de quienes profetizan el cierre de escuelas y el surgimiento de un mundo de autodidactas conectados a la Red (Katz, 1999). Empero, estoy plenamente convencido que la escuela del futuro (y del presente) necesita cambios estructurales significativos.

Pero, ¿por qué debemos cambiar a las escuelas? ¿Qué no han hecho bien su trabajo? Es decir, muchas personas podrían argumentar que el gran avance tecnológico y científico que hemos tenido ha sido promovido por individuos que pasaron años preparándose en instituciones educativas con estructuras y métodos tradicionales. Por lo tanto, si los resultados son tan positivos, ¿dónde está el problema?

Podríamos analizar si estos científicos y profesionistas han destacado en sus ámbitos de desarrollo, a pesar de las escuelas en las que estudiaron y si su éxito se debe, en gran medida, al autodidactismo. Pero más bien quisiera centrarme en las razones históricas del surgimiento de las universidades y cómo las condiciones imperantes en dicha época han sido rebasadas y, por ende, las instituciones educativas que siguen trabajando bajo el modelo de antaño no están preparadas para responder a las necesidades de un mundo como el actual.

Quisiera enfatizar que este análisis histórico, aunque esté centrado en las universidades, impacta la realidad de todos los niveles educativos; ya que como veremos más adelante, la Educación Basada en Competencias se empezó a implementar en las instituciones de Educación Superior, para luego influir el currículum de escuelas que van desde el pre-escolar hasta el bachillerato.

Ginés (2004), en su artículo “La necesidad del cambio educativo para la sociedad del conocimiento” nos comenta que, aunque la universidad como tal surgió en la Edad Media, no fue sino hasta el siglo XIX, en plena Era Moderna, que se fueron configurando los tres modelos universitarios que imperan en muchas de las instituciones de Educación Superior actuales:

a) El Modelo Alemán, cuyo objetivo era que los estudiantes obtu-vieran una amplia cultura sobre diversos temas que tuvieran una investigación científica que los sustentará, indepen-dientemente de si éstos tenían un uso en el ámbito laboral.

La premisa de este modelo era que personas con dominio de una gama amplia de conocimientos cien-tíficos, aportarían al desarrollo del país en diversas facetas.

b) El Modelo Francés, el cual surgió para responder a las deman-das del Imperio Napo-leónico cuyo creci-miento demandaba profesionistas en muchos rubros. Por lo tanto, la universidad estaba al servicio de las necesidades del Estado y preparaba a los burócratas que el gobierno necesitaba.

c) El Modelo Anglo-sajón combinaba algunas de las carac-terísticas de los dos anteriores, pero dándoles ciertos elementos distintivos.

Al igual que el Modelo Alemán, pretendía dotar a los estudiantes de un conocimiento amplio sobre diversos temas, pero a diferencia de éste, no promovía la investigación. Asimismo, los estudiantes que concluyeran sus estudios podían terminar trabajando para el Estado, al igual que en el Modelo Francés.

Pero lo anterior, no significaba que también había una amplia posibilidad de que los jóvenes trabajaran para la iniciativa privada. Además, a diferencia de los otros dos modelos, el Modelo Anglosajón fue desarrollado por instituciones privadas y su administración no estaba en manos del Estado.

Poco a poco, estos modelos se fueron combinando hasta que, en la actualidad, podemos encontrar en nuestros sistemas universitarios rastros de cada uno de ellos. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, un rasgo característico de estos tres modelos de universidad era la premisa de que los estudiantes se preparaban para ejercer profesiones que no sufrían grandes cambios con el paso del tiempo. Es decir, era un pensamiento común el hecho de que un egresado de una carrera obtenía una licencia (de ahí, la palabra licenciado) para ejercer una profesión de por vida.

Si nos ubicamos en el siglo XIX y en la importancia que las élites (como las universitarias) le daban a la ciencia exacta, podemos entender que se pretendía transmitir a las nuevas generaciones los principios inamovibles que el genio humano había logrado “arrancarle” a la naturaleza. La enseñanza de leyes era importante, pero no sólo en las Ciencias Naturales. Esa tendencia, también era un anhelo de los estudiosos del mundo social.

Una vez que se ha comprendido el origen de nuestras universidades actuales, nos percatamos cómo sus estructuras y fundamentos han sido rebasados. ¿Por qué basarnos en las necesidades y realidades del Modernismo del siglo XIX cuando nos encontramos ante el influjo del Posmodernismo del siglo XX? ¿Transmitir a unos cuantos, cual tesoro o “iluminación”, un conocimiento “eterno” cuando hoy sabemos que hasta ciertos principios que considerábamos inamovibles están sujetos a revisión? El mundo ha cambiado y el conocimiento que adquiere un individuo, cambia cada cinco años (Argudín, 2005). Lejos ha quedado la época en que los egresados de las universidades concluían sus estudios y estaban “preparados para la vida”. La Era del Conocimiento nos demanda muchos más que eso y una de las respuestas que se ha generado a esta problemática es la llamada Educación Basada en Competencias.

El movimiento en pro del desarrollo de competencias en los estudiantes universitarios surgió a finales de la década de los 60 y principios de los 70. En esa época, un profesor de Psicología de Harvard, David McClelland, se percató que los exámenes o pruebas que se aplicaban en las universidades no podían predecir el futuro éxito o fracaso profesional del sustentante (Adams, 1996, citado por Brundrett, 2000).

McClelland se empezó a preguntar el porqué ocurría esto y trató de encontrar las variables que le permitirían predecir el futuro profesional de los jóvenes universitarios. Fue en ese momento que este psicólogo estadounidense fundó la firma consultora “McBer”, con el objetivo de encontrar lo que hacía competente a un trabajador. En otras palabras, intentaba encontrar los factores o competencias que podían ser determinantes en la adecuada ejecución de una labor, para lo cual elaboró la llamada “Evaluación de Competencia Laboral”.

Brundrett (2000) nos narra que en 1981, Richard Boyatzis, un consultor de la empresa “McBer”, intentó definir un “Modelo Genérico de Competencia Gerencial”. Para ello aplicó la “Evaluación de Competencia Laboral” desarrollada por su jefe a más de 2,000 personas que tenían puestos gerenciales en 12 compañías distintas. La intención de Boyatzis era encontrar las características de un desempeño laboral sobresaliente. Su trabajo derivó en una lista de 19 competencias básicas que todo gerente debía poseer si pretendía realizar su trabajo de forma sobresaliente.

Ahora bien, ¿por qué los resultados del trabajo realizado en la firma McBer generaron tantas implicaciones en el terreno educativo? Porque estas investigaciones produjeron una “lista de oro” sobre lo que debía poseer una persona para ser considerada competente en su trabajo. Y aunque el estudio de Boyatzis estaba enfocado a la Administración de Empresas y, particularmente, a la mejora gerencial; las preguntas que empezaban a rondar en las mentes de los educadores de distintas disciplinas eran: ¿será posible generar listas similares de competencias para otras profesiones? Y si esto es posible, ¿por qué no enseñar a las personas esas competencias?

Tratando de poner un poco en contexto la revolución que significó el trabajo de McClelland y Boyatzis, pensemos cómo un maes-tro “tradicional” enseñaba (o sigue enseñando) las “virtudes del buen gerente” a los alumnos de Administración. Lo más probable es que el maestro les diera textos teóricos sobre el liderazgo que un gerente debe tener sobre su equipo, sobre la importancia de la motivación en el logro de las metas, etc. Es más, quizá podrían hacer discusiones sobre los tópicos y los docentes más “abiertos”, incluso, les pedirían hacer simulaciones de los ambientes del trabajo. Pero, ¿esas actividades harían que los alumnos, en el momento que egresaran, fueran gerentes competentes? Tristemente, la respuesta es no. Ahora bien, ¿por qué no? Porque la lista de Boyatzis incluían competencias que rara vez son enseñadas en el aula.

Por ejemplo, algunas de las competencias de la lista de Boyatzis son: autocontrol o pensamiento analítico (Carriel, Ruiz, Ruiz y Suazo, 2004). Al leer estos ejemplos podemos empezar a vislumbrar el cambio de rumbo que significa la Educación Basada en Competencias. Si nos apegamos al caso que hemos venido explicando, un maestro de Administración que quisiera promover ...... continua

 

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