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| P. Luis Ugalde Olalde, Rector de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas Venezuela | ||
| Conferencia de la XXV Asamblea General de la Asosiación Mexicana de Instituciones de Educación Superior de Inspiración Cristiana AC, AMIESIC. | ||
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INTRODUCCIÓN
Si las universidades de inspiración cristiana no cultiváramos los saberes, las ciencias y las tecnologías basadas en la razón, no seríamos universidades. Y si no fuéramos capaces de discernir entre aplicaciones humanas y antihumanas de esos saberes, sería vacía e intrascendente nuestra inspiración cristiana. Para discernir se requiere aceptar la necesidad de discernimiento, es decir que la razón no produce unívocamente el bien, sino que sus avances multiplican y sofistican también las posibilidades del mal, de la miseria y de la dominación humanas. Los avances de la razón no traen unívocamente el progreso en el mundo. Así mismo, para discernir es necesario no absolutizar, ni adornar los productos de la razón, sino examinarlos a la luz de la afirmación absoluta de la dignidad humana. Jesús fue acusado por haber violado lo que para un piadoso judío era sagrado, el sábado consagrado al Señor. A lo que Jesús respondió con una frase clave para ordenar según Dios los medios y los instrumentos a favor de la vida humana: “No es el hombre (hombres y mujeres) para el sábado sino el sábado para el hombre” (Mc. 2, 27). Jesús, la verdad de Dios hecho hombre, pone en cuestión el adecuado uso de los instrumentos humanos, aun aquellos que eran sagrados para un fervoroso observante de la Ley de Moisés. Entre los ritos y la vida humana que Dios afirma hay la infinita distancia que hay entre el fin y los medios. Esta es la fuente de la libertad y de la irreverencia de Jesús en los casos en que la manera de usar los instrumentos se vuelve contra el fin: afirmar la vida humana como sagrada. No es sólo el rito religioso el que a veces se antepone a la afirmación y cuidado del hombre herido. Para explicarlo más ampliamente Jesús inventó la “parábola del samaritano” y en otros momentos señaló a la riqueza y al poder como señores de este mundo que disputan su lugar a Dios y en consecuencia oprimen al hombre: “Saben que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre ustedes…” (Marcos 10, 42-45). Poder no sólo es el poder político, sino “poderoso caballero es don dinero”. Ya lo era en tiempo de Jesús y más lo es en nuestra cultura economicista. También Jesús no puso el dilema: “Nadie puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero” (Mateo 6,24). O sea que el dinero con frecuencia señorea e instrumentaliza a las personas. Para que no ocurra así hay que relativizar el dinero a su condición de medio, discernir, y organizar la sociedad y sus instituciones de manera que se impida la conversión del hombre-fin en simple medio para la acumulación de poder. Para los que adoran el dinero como absoluto, Dios se convierte en instrumento y a sus ministros se les pide su dócil bendición de la acumulación, aun cuando ésta sea inhumana. Las universidades son fuentes excepcionales de incremento de ciencia y de tecnología y quienes de ellas egresan están mejor preparados para tener más poder en la sociedad. ¿Lo están para tener más discernimiento? La pregunta es si los egresados están preparados para usar los saberes y convertir el poder en un instrumento de servicio a la humanización. Así es indispensable preguntarnos qué hacemos en nuestras universidades de inspiración cristiana para incrementar la capacidad del buen uso humanizador de la razón, de la ciencia, de la tecnología y de poder e interrogarnos si los graduados salen con la voluntad de usar sus capacidades universitarias para crear un mundo más justo y de oportunidades de vida digna para todos. Jesús dice que donde está tu tesoro allá está tu corazón. Al final son los afectos los que deciden cuál es nuestra apuesta en la vida. ¿Forma bien una universidad que no cultiva los afectos que deciden el rumbo de nuestras vidas?. Lógicamente, esta no es sólo una responsabilidad individual, sino un planteamiento colectivo de las universidades y que se coloca en el centro del modo de ser universidad y nos lleva a preguntarnos qué universidad queremos para qué sociedad. No es posible crear sociedades alternativas volviendo la espalda a las capacidades científicas, tecnológicas, empresariales que hay en un país y sus condicionamientos y circunstancias en un mundo globalizado. Pero tampoco lo es sin la formación de una cultura adecuada para los cambios y un corazón con convicciones y empeño decidido. Lo difícil es asumir todo ello desde dentro de manera que nos lleve al compromiso con la justicia social, la inclusión y la paz nacional e internacional para que todos tengan vida y dignidad. Uno de los fundadores de la Bioética Van Rensselear Potter escribió hace unos años: “La humanidad tiene la urgente necesidad de una nueva sabiduría que ha de proveer el conocimiento sobre cómo usar el conocimiento para la supervivencia del hombre y para mejorar la calidad de vida”. Cada año que pasa se hace más evidente esta necesidad y el desequilibrio entre los avances de la ciencia y la tecnología por un lado y la debilidad de la conciencia humana y de la sabiduría para usarlos en defensa de la vida y su calidad. Quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones que no son exclusivas de los cristianos, sino de toda persona sensata que mira sin prejuicios el desequilibrio de un mundo de impresionante desarrollo instrumental y material y con tanta debilidad para ordenarlo al bien de la dignidad humana de todos. Esta creciente preocupación se acentúa cuando vemos que es cada vez mayor la capacidad destructiva de la humanidad, de volver invivible su hábitat y la capacidad de agotar recursos vitales como el agua y la energía. Con la sola lógica del poder y de la ganancia económica no puede corregirse el rumbo negativo. I EL PROBLEMA DE LA RAZÓN REDUCTIVA Las universidades se han consolidado en los dos últimos siglos como las catedrales de la razón. Grandes presupuestos nacionales y familiares se dedican para que los jóvenes salga de ellas consagrados como sacerdotes de la religión de la razón. Es un logro lleno de ambigüedades que requiere hoy reflexión crítica sobre la identidad de las universidades y de la razón que se cultiva en ellas. Benedicto XVI invita a “hacer en horizonte de una racionalidad verdadera, diversa de la que hoy domina ampliamente” (Cfr. Citado por Mons. Michael Millar. Ver UCActualidad. Publicación de Pontificia Universidad Católica Argentina año VI, N.87, 2006, p.9). Racionalidad que domina la universidad y la sociedad moderna, tan llena de irracionalidades. El concepto católico de la verdad no comprende meramente la razón positivista, ni sólo la dimensión cognitiva. Para nosotros la universidad no es sólo para conocer la verdad, sino también para aprender a hacer el bien con la verdad conocida. Es en la sociedad donde podemos apreciar si la razón, de manera unívoca y necesaria, va desarrollando el bien para que el disfrute de la dignidad humana sea asequible a toda la humanidad. Para el iluminismo es innecesaria esta pregunta, pues del recto conocimiento se sigue el bien y la gente hace el mal por ignorancia. Sentimos que la historia contemporánea con guerras sofisticadas como nunca antes y dirigidas por las potencias técnicamente más avanzadas, demuestra que la razón aumenta también la capacidad destructiva de la aplicación científica y tecnológica. La sociedad no la hace la razón, sino que la voluntad humana es la que decide su aplicación. Esto nos obliga a las universidades a plantearnos la integralidad del conocimiento humano, más allá del reduccionismo racionalista-positivista y también a preguntarnos sobre la integralidad de la formación-acción de la persona universitaria, que comprende su entendimiento, voluntad, afectos y acción. ¿En qué grado es humanamente razonable la sociedad configurada por la modernidad racionalista? El centro de la famosa clase del papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona hace dos años, que desató tanta polémica en relación al Islam, era el reduccionismo racionalista en Occidente, es decir la mutilación de la razón humana. Nosotros no queremos pertenecer a una universidad mutilada y por eso queremos entender dónde se produce la reducción de las personas y sociedades y el modo de evitarla. Dos son básicamente las mutilaciones 1)reducir la razón a un conocimiento positivista e instrumental, excluyendo la comprensión de dimensiones vitales de la persona humana y 2) separa el conocimiento de la acción humanizadora y la universidad de su misión responsable y transformadora de la sociedad. Para nosotros sería reduccionismo limitar el cristianismo a un pietismo de una fe que prescinde de la razón, o a un espiritualismo con una fe incapaz de actuar en la sociedad movida por el amor para transformarla en una realidad más justa y humana. 1 – Las Preguntas En términos cristianos hay dos grandes batallas que se remontan dos mil años, pero que con la modernidad (y en los tiempos postmodernos) se vuelven particularmente agudas y determinantes: Fe-Amor y Razón y Fe-Amor y Justicia. El cristianismo en Occidente fue retado hace un par de siglos por una Razón excluyente y con pretensión de ser omnicomprensiva. En los días de la Revolución Francesa había que entronizar la Razón, desterrando el oscurantismo de la religión. Fe y Razón, Fe y Ciencia eran presentadas como excluyentes y para muchos iluministas su relación era entre la noche oscura de la religión y el amanecer radiante que la disipa y remplaza. El conocimiento iba inseparablemente unido al bienhacer. Años más adelante los hijos rebeldes de ese mismo racionalismo veían el divorcio entre el conocimiento y bien en la sociedad y dijeron que el reto de la humanidad lacerada por la miseria del proletariado, no era conocer el mundo, sino transformarlo para hacerlo plenamente humano. La alienación no era mental, ni de simple idea equivocada, sino que estaba en la realidad social, determinada por una base material, una economía que hacía a unos opulentos, mientras que la mayoría era condenada a la miseria, por la apropiación de su producción por aquellos pocos. El racionalismo materialista descubría las leyes de la alienación incrustadas en el proceso productivo, y la liberación vendría por la toma del poder de las mayorías y la eliminación de la fuente misma de la alienación humana implantada en la economía, que era la propiedad privada de los medios de producción. Ese era el modo de saltar de la injusticia a la liberación, hacia la plena dignidad humana colectiva y, por ende, personal. De nuevo aquí la religión era un estorbo, era el opio que adormece, el suspiro en la miseria que proyecta en otro mundo la justicia, la igualdad y la liberación que hay que hacerlas realidad en éste (Cfr. Carlos Marx Crítica de la Filosofía del Derecho). De acuerdo a esto, un mundo junto, necesariamente tiene que ser ateo. Así llegamos al umbral del siglo XX con los dos retos que afirman la incompatibilidad de la fe con la razón y la ciencia por un lado, y la imposibilidad de crear un mundo justo mientras haya religión, o, dicho de otra manera, la extinción de la religión en un mundo justo, donde ya no habrá ni suspiro, ni hará falta opio para adormecer y mitigar los dolores de la miseria humana. La iglesia aceptó estos dos retos y no renunció a su papel en este mundo moderno, emancipado de su tutelaje. En la Universidad Católica y en la Sociedad ella afirma, sin imponer, la convivencia, y la mutua necesidad y exigencia entre razón y fe, entre justicia y fe. Hoy ante un mundo moderno y postmoderno poco justo y razonable, aunque con desarrollos instrumentales que parecieran ser muy capaces de lograr las dos cosas, la Universidad se pregunta por qué no las logra. Benedicto XVI en la conferencia en Ratisbona (que fue sacada de su centro para la polémica del Islam), señala que el reduccionismo reside en el positivismo que lleva a “entender cómo funciona la materia y cómo es posible usarla eficazmente”. Su método como tal excluye el problema de Dios “como un problema acientífico o precientífico”. Nosotros añadiríamos que ese tipo de racionalidad también excluye el problema del corazón y de la conducta humana que pueden usar los instrumentos racionales para hacer un mundo más humano o para destruirlo e inhumanizarlo. El profesor Ratzinger en Ratisbona puntualiza: “Mi intención no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación”. No estamos contra la razón, sino que buscamos su comprensión más amplia y abierta a la integralidad del misterio humano y a su aplicación para hacer del mundo un lugar para la dignidad de hombres y mujeres. Cuando el comienzo del Evangelio de Juan se nos dice que el Verbo es Logos, Razón y Palabra (Juan 1,1) y la primera carta de Juan afirma que Dios es Amor (1 Juan 4, 1-8) no se nos habla de dos realidades opuestas y excluyentes, sino de una más amplia Dios-Amor, que incluye la razón instrumental y positivista, sin reducirse a ella, ni absolutizarla, sino que guía su aplicación para dar vida y no para producir muerte. Hoy la Universidad de manera amplia y plural debe abrir el debate sobre la esencial ambigüedad de la aplicación de la razón. Ni implícita, ni explícitamente se puede defender que el mal sólo es causado por la ignorancia y que toda persona ilustrada, siempre hará el bien. Lamentablemente esta promesa-profecía, luego de dos siglos de predominio, no resiste un examen de sus resultados. La razón instrumental positivista desarrolla una ciencia y tecnología maravillosas, que constitutivamente se prestan a ser instrumentos al servicio de la humanización, pero si la mente humana y la sociedad absolutizan su condición relativa, reducen a los hombres y mujeres a lo medible, a lo útil y los convierten en instrumentos. En una enfoque positivista reductivo, ni el misterio humano tiene cabida, ni la ética tiene sustento. ¿Cómo podríamos fundamentar la afirmación de que el pobre, débil, enfermo e “inútil”, tienen la misma dignidad que el poderoso y el rico? ¿Cómo sustentar que dar la vida por otro no es perderla, sino ganarla? ¿Qué razón positivista nos explicará que el yo no puede encontrarse, sino saliendo de sí y perdiéndose en el otro para hallarse en el nosotros? ¿Cómo defender que el avance tecnológico que revoluciona la computadora o el celular no es más importante que mil vidas “inútiles”? ¿Por qué la apropiación de unos pozos petroleros merece una guerra, aun a costa de la muerte de 100.000 personas de menor valor e importancia? .... Continua
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